lunes, 22 de octubre de 2007

Adolescentes quemados en centro Sename de Puerto Montt




Claro que no es la primera vez que pasa. Mi hijo de Segundo Medio lo vio en sus clases acerca de la Revolución Industrial: la explotación de niños y adolescentes, la pobreza, la miseria, la falta de una educación digna y acorde con las realidades sociales, y por supuesto, el peso completo del sanguinario brazo de la ley cuando los pobres posan sus ojos sobre lo que no que no es suyo.


Lo vemos o lo vivimos cada día, según nuestra experiencia de vida, cuando el pan, la paciencia, el trabajo, las exigencias diarias nos complican. Siento tanta rabia. Siento tanto dolor. No me cabe en la cabeza que jóvenes de mi país hayan muerto quemados y encerrados como animales. Yo pasé por la Plaza de Armas de Concepción cuarenta minutos después que Sebastián Acevedo se quemó por sus hijos Galo y María Candelaria frente a la Catedral. Iba a mis clases de Lengua y Civilización Francesa y no entendí que pasaba. Miraba y no entendía. Y cuando entendí no quería entender. Y el olor. Y el terror.


Algo parecido siento hoy cuando veo la mirada de los padres de los niños quemados. Es resignación eso que parece que se aloja más allá de la tristeza de sus ojos. Es como leer en sus pupilas que en algún momento algo así le tendría que pasar a ellos o a sus hijos.


Eso es lo que me asusta. Que uno se acostumbre a la iniquidad, al abuso, a la prepotencia de un secretario de estado que en las noticias de la mañana solicite comprensión, que notifique de un sumario; pero que dentro de ese traje caro no exista ni la mitad de exigencia de justicia y mano dura que aplican a los mapuches o a los comerciantes amulantes.


A mi, que gusta tanto la literatura, me queda claro de donde sacaban sus temas quienes escribieron El Lazarillo de Tormes en el siglo XVI o Germinal, de Emilio Zolá, no hace tanto tiempo atrás.


No sé que más decir. Sólo que uno se siente parte de la sensación de fracaso que queda en la espalda cuando dejamos que ocurran estas cosas.

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